Breve Autobiografía

"Crecí convencido de que la verdad, la sinceridad y la integridad en las relaciones entre hombre y hombre, eran de suma importancia para la felicidad de la vida”.
Benjamín Franklin.

Como breve autobiografía, mientras escriba un libro con los recuerdos de mi vida, publico las palabras que pronuncié el 29 de octubre de 2018 en el Honorable Senado de la Nación, al recibir la Distinción de Honor “General don José de San Martín”.

La Distinción de Honor “General don José de San Martín”, que me otorga el Senado de la Nación Argentina, constituye, por la institución que la confiere y por los fundamentos que le dieron origen, la más elevada recompensa a la que podría aspirar como ciudadano dedicado desde la juventud a investigar, enseñar y difundir la historia de nuestra patria.

Nacido hace setenta y ocho años en la ciudad de Rosario*, mis lecturas y vivencias de la niñez se asocian a la gesta de Belgrano, que levantó allí por primera vez la bandera celeste y blanca, y al accionar de quien da nombre a este premio, cuyo bautismo de fuego en suelo americano tuvo lugar en la vecina San Lorenzo. La visión de las barrancas y del río en medio de los juegos infantiles, suscitaba en mí la evocación del solemne 27 de febrero de 1812 y de la fulminante carga de caballería encabezada por San Martín el 3 de febrero de 1813, momento liminar de la gloriosa historia de sus granaderos.

Esos estímulos y la fortuna de contar con un profesor de historia que nos hacía vivir en las aulas de una escuela prestigiosa, la Normal N°3 de Maestros, los logros y vicisitudes de nuestra tierra, me llevaron a investigar y escribir, con la osadía de la adolescencia, sobre algunos momentos del pasado, y a presentarlos en la dirección del diario La Capital, decano de la prensa argentina.

Hace sesenta y dos años apareció el primero, y porque fui muy afortunado o muy laborioso, contabilizo ahora más de mil. Por aquellos días obtuve un cargo de maestro rural en la escuela del pueblo Rueda, y poco más tarde crucé por primera vez, con el sacrificio que implicaba entonces viajar con frecuencia a la capital de la provincia para rendir como alumno libre, el Patio de los Naranjos de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Litoral, en cuyo paraninfo se aprestaban a iniciar su labor los constituyentes de 1957.

La Facultad no era ajena a los grandes cambios experimentados después de la revolución del 16 de septiembre. Antiguos y nuevos rostros –algunos profesores antifranquistas que se habían refugiado aquí- volvían y reemplazaban a los que acababan de ser dejados cesantes. Similar era el panorama en la Facultad de Filosofía y Letras en Rosario. No fue la primera vez ni sería la última en que los vaivenes ideológicos frustrarían vocaciones y arrojarían hacia otras actividades y latitudes a personas que anhelaban desarrollar su vida académica en el país. Decidí por ello desenvolver mis proyectos como investigador vinculándome con otros medios.

El mismo diario La Capital donde colaboraba me incorporó como aspirante de Redacción, y por largos años escribí cotidianamente en sus columnas. Estuve en todas las secciones, menos turf y deportes, poniendo en evidencia mi poca inclinación por la gimnasia en sus diferentes manifestaciones, motivo de desesperación del profesor del área cuando años más tarde, incorporado a la Armada como corresponsal de guerra, buscaba liberarme de hacer ejercicios durante las largas singladuras de la Fragata Libertad. En el diario fundado por Ovidio Lagos y respaldado por Urquiza, llegué a ser secretario de Redacción y jefe de Editoriales. No está de más recordar, ya que nos encontramos en el salón dedicado a honrar la memoria del gran argentino que fue Arturo Illia, que le hice dos reportajes en Rosario. Quedé impactado por su austera calidez y atesoro su autógrafo en una tarjeta con la imagen del Monumento a la Bandera. Más tarde fui de los primeros en entrevistar al presidente Alfonsín, en los días iniciales de su gobierno, y tuvimos una larga charla en su despacho de la Casa Rosada cuando todavía no lo agobiaban los acontecimientos que jaquearon su mandato.

Muy joven fui profesor de Historia del Periodismo en la Facultad de Humanidades de Rosario, y luego en la sede local de la Universidad Católica Argentina, donde me correspondió fundar el Instituto de Historia y la carrera respectiva. También fui director del Departamento de Historia y del Instituto de Historia Argentina y Americana años más tarde, en la sede de Buenos Aires, trasladado ya a esta ciudad atrapante y desmesurada. Siempre busqué la excelencia académica en el claustro, y si exigí a mis alumnos que se esforzaran en la preparación de sus trabajos y exámenes, les correspondí con una entrega constante y sin medida. Deseé para ellos una formación rigurosa y a la vez imbuida de un auténtico amor y respeto por las cosas de su tierra. Me impuse a mí mismo y los impulsé a ellos a ejercer la investigación y la docencia según la perenne enseñanza de los grandes maestros latinos: consagrar la vida a la verdad, como quería Juvenal, y afirmar con Cicerón que “la primera ley de la historia consiste en no atreverse a decir nada falso; la segunda, en atreverse a decir todo lo que es cierto; y la tercera, en evitar aun la sospecha de odio o de favor”.

Catedrático de Historia Argentina II, es decir la que abarca la etapa que va desde la Organización Nacional hasta finales del siglo XIX, asocié la enseñanza con la investigación y publicación de libros sobre hechos y figuras que marcaron momentos cruciales para el país, como la guerra del Paraguay, la varias veces secular lucha de la frontera, y las trayectorias de quienes, como Urquiza, Mitre, Sarmiento, Oroño, Roca, Pellegrini, Alem y otros contemporáneos imprimieron su sello indeleble en el devenir argentino. Más tarde enseñé –y todavía lo hago- en el Doctorado en Historia de la Universidad del Salvador, que me honró con el título de profesor emérito.

Debo decir que mi juvenil interés por la historia política, acrecentado a lo largo de la existencia, me llevó a tratar íntimamente con grandes historiadores argentinos que compartían, con infinita generosidad, los momentos libres de sus jornadas en los archivos de Buenos Aires con aquel muchacho de curiosidad insaciable que no les iba en zaga en las horas que dedicaban a esas búsquedas, cuando llegaba a esta ciudad durante sus vacaciones para sumergirse en gruesos legajos de tinta a veces desvaída.

A partir de 1970, en uso de licencia de mis actividades, tuve la suerte de obtener varias becas, trabajar en los principales repositorios españoles durante períodos amplios, y canalizar a través de ellos mi interés por la historia militar y naval, circunstancia que me permitió escribir varios libros y artículos eruditos. Las aulas de la Universidad Complutense de Madrid, en sus facultades de Filosofía y Letras y Derecho, posteriormente, como profesor invitado en las de Sevilla, me vincularon de por vida con insignes americanistas.

Accedí a la Academia Nacional de la Historia, en calidad de miembro correspondiente por la provincia de Santa Fe, a los 32 años, edad que me hace subrayar la generosidad infinita de aquellos historiadores insignes hacia los que aún realizaban su aprendizaje pero acreditaban una sostenida producción. Me costó bastante más ser numerario, distinción que alcancé a los 46 años y que permitió que me desempeñara enseguida como secretario y luego tres veces como presidente de la entidad. Esa pertenencia –y responsabilidad- me vinculó con las instituciones similares de distintos países de Europa y de América en atractivos proyectos y en la organización de diferentes congresos y otros encuentros. La Francqui Foundation, de Bélgica, institución que cuenta con el patronazgo de la monarquía, me hizo el honor de elegirme entre los jurados internacionales que otorgan cada dos años un importante premio a los investigadores jóvenes que efectúan aportes sustantivos a las ciencias sociales.

Muchas veces, al sentarme en el estrado de la presidencia de la Academia durante las sesiones públicas en el Antiguo Congreso de la Nación del que somos custodios, reflexioné sobre el inmenso e inmerecido honor que me había prodigado la Providencia, de conducir las ceremonias desde el sitial que habían ocupado Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca, Pellegrini y otros primeros mandatarios hasta 1905, fecha en que el Parlamento se trasladó a este palacio.

No podría terminar esta hoja de vida, que despliego con bastante pudor, pues los que me conocen saben que no soy afecto a arrojarme incienso, sin dedicar unas líneas a mis vínculos profundos e indisolubles con la Armada Argentina. Acreditado por el medio de prensa al que pertenecía, desarrollé los cursos y navegaciones exigidos para obtener los diplomas de corresponsal naval y corresponsal de guerra naval. Ello me permitió embarcarme en dos de las grandes aventuras de mi vida, más allá de los muchos viajes y becas de investigación y docencia en el extranjero que he realizado y aún realizo: el periplo de la Fragata “Libertad” hacia el lejano oriente, en 1998, dispuesto por el presidente Alfonsín para que esa nave desarrollara en remotos mares su misión de embajadora de la Argentina, y la Gran Regata Colón 92. En el primero de esos viajes, que abarcó tramos de la ruta corsaria de la Independencia y, entre diferentes puertos, nuestro buque recibió en Tokio la reiteración de la gratitud del pueblo japonés por el apoyo argentino en su guerra con Rusia, a principios del siglo XX, traducido en la entrega de los acorazados Moreno y Rivadavia para modernizar su flota y obtener la victoria. En el segundo, me gustó imaginar en la bella, rumorosa y para mí familiar Cádiz, la preparación de una segunda Lepanto, al contemplar las banderas de todos los veleros del mundo al tope de los mástiles. Surge en mi recuerdo con mucha frecuencia el momento sencillo y solemne en que cotidianamente, durante las navegaciones, la enseña patria se alzaba en popa, confundiéndose con los colores del cielo y el mar, mientras un melancólico toque de pito marinero acompañaba su ascenso al tope.

Más tarde me tocó, con el capitán de navío Guillermo Oyarzábal, gestionar para que la Marina de Guerra incorporara al escalafón profesional a los historiadores con título universitario específico. Creí cubierto mi ciclo cuando hace muchos años obtuve los despachos de capitán de fragata, pero la Armada quiso hacerme oficial superior designándome comodoro de marina en la Reserva Naval. No puedo dejar de decir, empero, que junto al botón de ancla, ocupa un sitio similar en mi espíritu el escudo que ostentan los componentes del Ejército Argentino, a cuyas hazañas y tradiciones dediqué muchas páginas de mis libros.

Por último quiero manifestar, en lo tocante a mi actividad como historiador, que tras haber escrito una cuarentena de obras eruditas, quise dedicar mi restante tiempo útil a escribir las biografías de argentinos que dejaron una estela indeleble, en forma accesible a todos los lectores interesados en conocer su trayectoria. Así aparecieron Belgrano, San Martín, Güemes, Alem, Sarmiento, Pellegrini y Bouchard. Y si Dios me brinda salud, emprenderé una vida lo más equilibrada posible de Facundo Quiroga*.

Mis últimas palabras son de agradecimiento a quienes a lo largo de la vida me dieron apoyo e impulso: a mis amigos y colegas y sobre todo a mi familia. Mi padre me enseñó que la rectitud y la palabra empeñada eran valores irrenunciables, y mi madre alentó en mí el amor por los libros, la música y la aventura. Mis hijos y nietos fueron y son el aliciente que me impulsó a trabajar para dejarles un nombre digno y limpio, y Fernanda es la segura amarra de mi nave en días de bonanza y en la tempestad.

Nací cuando Europa oía el grito histérico de la sinrazón proferido por un dictador abyecto. Mi primer recuerdo, aunque parezca imposible que así hubiera sido, dada la corta edad que contaba, se remonta a la revuelta de 1943. Aún repica en mis oídos la célebre marcha que recordaba el 4 de junio. Mi niñez y primera juventud estuvo signada por los dramáticos desencuentros entre peronistas y antiperonistas, y el resto de mi vida transcurrió con el telón de fondo de golpes y contragolpes, rupturas y sangre esparcida por una intolerancia cruel; cimbronazos económicos y mal uso de uno de los bienes que debemos defender con más fuerza: la democracia.

La “grieta” corta despiadada los senderos de toda nuestra historia. Hace poco, durante las preguntas de sobremesa en una reunión de amigos, un legislador mandato cumplido a quien respeto me preguntó cuándo había comenzado la grieta. Un poco en broma, un poco en serio, le contesté: en febrero de 1536, con la primera fundación de Buenos Aires.

Para mí, el único modo de superar ese “Kramer versus Kramer”, es internalizar como sociedad la consciente y arraigada convicción de que debemos entrar de una vez y para siempre en el ancho camino del respeto mutuo y en la aceptación de aquella célebre invocación de los Constituyentes de 1853 al cerrar sus deliberaciones: “Los hombres se dignifican postrándose ante la ley porque así se evitan de arrodillarse entre los tiranos”. O si se quiere, adoptando este consejo de San Martín, en una carta a los sanjuaninos que acaba de ser dada a conocer y expresa: estrechen entre sí los vínculos de unión y fortifíquense en el concepto de que no existe sociedad en donde no hay orden.

*1º de diciembre de 1939.
**El libro ya apareció, felizmente, y acabo de concluir Brown, el primer almirante argentino.

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