El Impacto de España

A mi regreso, publiqué Cartas a España en el diario La Capital, de Rosario, y las reuní luego en un pequeño libro que recogía mis vivencias de entonces. Por otro lado, di a luz en las mismas páginas y en la madrileña Poesía Hispánica, algunos de los versos que se reproducen en De reencuentros y caminos, donde se descubre el impacto que produjo en mí aquel primer contacto, de muchos, con la amada España. Los que deseen acceder a ambos contenidos podrán hacerlo con solo “cliquear” sobre las portadas que se reproducen en esta sección.

En 1970 obtuve una beca del Instituto de Cultura Hispánica para realizar investigaciones históricas en los archivos de Madrid y Sevilla. Luego de algunos días de penoso trajinar por el barrio de Argüelles en busca de un sitio donde acomodarme antes de pasar a la ciudad que baña el Guadalquivir, un cambio de planes hizo que me dirigiera a lo que sería mi casa durante varias estadías en España: el Colegio Mayor Universitario “Nuestra Señora de Guadalupe”.

Entré en tiempos de “novatadas”, rituales de recepción de los recién llegados que por aquellos años solían ser crueles, pero como a otros que íbamos a comenzar actividades consideradas de posgrado, se me dispensó de la mayoría de las “pruebas” y solo fui sometido a un festivo examen. A partir de entonces y hasta concluir el ciclo lectivo 70-71, concurrí asiduamente al Museo Naval de Madrid, para trabajar en su archivo y biblioteca; al Archivo y a la Biblioteca Nacional, a la vez que realicé varios cursos de doctorado en la Universidad Complutense.

En “el Guadalupe” convivimos jóvenes de toda América, y obviamente, españoles que llegaban de distintas regiones de su tierra. En pocos días, se enlazaron vínculos profundos y para toda la vida.

A lo largo de la semana, caminando, según los días, hacia el corazón de la Ciudad Universitaria, donde se hallaban las facultades de Filosofía y Letras y Derecho o rumbo a las plazas de Cibeles o de Colón, en que estaban los repositorios bibliográficos y documentales -pocas veces en el metro que entonces era vetusto y de trayectos breves- tomaba contacto con una Madrid muy diferente a la actual, donde aún se apreciaba en el vestir de la gente y en la abundancia de personas discapacitadas, los efectos de la terrible guerra civil de treinta años atrás.

Algunos personajes urbanos llamaban particularmente la atención, como los serenos, tocados con gorras de plato y armados con bastones, quienes tenían la misión de abrir las puertas de los edificios a cambio de unas monedas, o las vendedoras de cigarrillos por unidad o de castañas que entregaban el crujiente producto en cucuruchos de papel de diario. Sin excepción estaban vestidas de negro y las envolvía una mirada triste.

Los sábados, hiciese intenso frío o calor, nos trepábamos al “Fruncido”, un Fiat usado propiedad de mi amigo Roberto Loutayf Ranea, para recorrer con él y otros colegiales los caminos de Castilla. En ocasiones, extendíamos el paseo hacia lugares más remotos.

Muchas veces nos topábamos con desfiles de gente vestida de azul y boinas rojas, que portaba carteles de consignas xenofóbicas y vivaban a José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange, y al Caudillo Francisco Franco. Otras, nos enfrentábamos con alguna inesperada y temible redada por las angostas calles madrileñas, a cargo de los “grises”, la policía de seguridad, que además circulaban a pie o en vehículos por la ciudad universitaria.

España se diferenciaba de modo sideral a la de los tiempos que hoy vivimos, pero era igualmente entrañable y deslumbrante, nos paseáramos por la capitalina calle Alcalá o nos detuviésemos en la incomparable plaza mayor de Chinchón; nos asomáramos al Cantábrico desde el Paseo Marítimo de Santander o recalásemos en la plaza de toros de Alcalá de Guadaíra, en las cercanías de Sevilla.

A mi regreso, publiqué Cartas a España en el diario La Capital, de Rosario, y las reuní luego en un pequeño libro que recogía mis vivencias de entonces. Por otro lado, di a luz en las mismas páginas y en la madrileña Poesía Hispánica, algunos de los versos que se reproducen en De reencuentros y caminos, donde se descubre el impacto que produjo en mí aquel primer contacto, de muchos, con la amada España.

Agrego dos poemas, de los varios que yacen en la colección de aquel diario: “Origen marinero”, en el que intenté bucear en pos de respuestas acerca de mi amor por el oleaje y la aventura, y “Poema al nacer Macarena, de su abuelo” (1990), en su original, escrito a máquina, con la indicación para el jefe de la sección literaria acerca del día en que debía ser publicado.




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