Del mimeógrafo a la edición internacional

Contaba 20 años cuando apareció mi primer opúsculo con pretensiones de libro: El capitán Pedro Nicolórich, un rosarino ilustre. Estudiante de derecho, compulsivo concurrente a la hemeroteca de la Biblioteca Argentina “Dr. Juan Álvarez” y al archivo del Museo Histórico Provincial “Dr. Julio Marc”, prematuro colaborador del diario La Capital, de Rosario y respetuoso asistente a las tertulias de historiadores locales, escribí aquella modesta biografía. Rememoraba en esa obrita la vida, tronchada en plena juventud, de un periodista y poeta romántico que al estallar la guerra del Paraguay se presentó voluntario, cayó gravemente herido en Curupaytí y perdió el brazo derecho con el que sostenía la pluma y la espada. Sus descendientes reunieron unos pesos y se hizo una reducida edición a mimeógrafo.
Después vinieron otras publicaciones de pocas páginas, cuyas portadas también incluyo aquí. Un día le envié uno de mis folletos al gran historiador Ricardo Caillet-Bois, y con la grave calidez del auténtico maestro me dio un consejo que era también una valiosa enseñanza: “Se trata de un excelente aporte. Ya está preparado para el libro que la historiografía argentina espera de usted”. El entonces presidente de la Academia Nacional de la Historia me estimulaba a un esfuerzo mayor, principio de otros muchos a lo largo de la vida.

A partir de entonces procuré, sin abandonar una asidua participación en congresos y jornadas nacionales e internacionales que patentizan los trabajos eruditos mencionados en el curriculum-vitae, escribir obras que abordaran un asunto de suficiente entidad y lo desarrollaran acabadamente del principio al fin.

Diversas instituciones y empresas publicaron mis obras, hasta que la Editorial Planeta me abrió sus puertas. Comenzó así una larga relación que continúa y me permite llevar a los puntos más remotos el fruto de mis investigaciones y libros de difusión.